Foros ciudadanos / Foro Ciudadano Contra la Incineración de Residuos.- Entre los políticos que nos tienen 'acostumbrados' -aunque hay cosas a las que uno nunca termina de acostumbrarse del todo- a encasquetarnos sus homilías dominicales en 'El Día' se encuentra Wladimiro Rodríguez Brito, nada menos que el consejero de Medio Ambiente del Cabildo de Tenerife, ya va no se sabe para cuántos años en el cargo.
Acaso por el 'mono' que tiene todavía -de cuando 'El Día' no le publicaba sus artículos porque era un rebelde de los que ahora se denominan 'terroristas sociales' o 'los del no'- o como mucho se los metían en Cartas al Director-, el hombre lleva años sin fallar ni un solo fin de semana a su cita con la pluma, o la tecla, para iluminarlos a todos sobre su visión del bien y de mal, sus reflexiones más profundas que, amablemente, comparte con toda la ciudadanía.
Claro que, en ocasiones, pareciera que don Wladimiro acabara de caerse de una higuera o se encontrase instalado, todavía, en lo que fue su valiosa labor como persona comprometida con el cambio social y político que algunos, todavía, vemos como necesario y urgente para esta tierra. Ese es el caso, probablemente, de su artículo de este domingo en el que, bajo el título de 'Las leyes y los campesinos', nos diserta sobre un montón de cosas importantes referentes a las construcciones en suelo rústico, aunque sin saber muy bien, al final, ni a dónde quiere llegar ni por qué camino. Como casi siempre, por otro lado.
Y es que a Wladimiro, en ocasiones, se le hace la picha un lío. Un día se declara, sin rubor alguno pese a ser responsable público, como 'alérgico a las leyes'. Al otro manda a sus muchachos a cazar campistas por las playas para multarlos. Si se levanta con la pata izquierda -o la derecha, que eso depende-, se lanza a por los todoterrenos... Es por lo que le dé. Y es que a él le gustaría seguramente, como a casi todo el mundo, que le dejasen gobernar haciendo uso de su desarrollado 'sentido común' al margen de cualquier ordenamiento jurídico. Pero claro, el problema es que a lo que él aspira es un asunto supuestamente ya resuelto desde hace siglos, insinuado ya por Aristóteles -aunque en forma muy rudimentaria-. Pero el principio de la separación de poderes -en el que sustentan, o intentan sustentarse, las democracias modernas- adquirió ya perfiles claros con Locke y su formulación definitiva gracias a Charles Louis de Secondat (1689-1755), Barón de Montesquieu, a través de su conocida obra "Del Espíritu de las Leyes".
Es por eso que la homilía de don Wladimiro de este domingo vuelve a estar cargada, por enésima vez, de argumentaciones que, aunque compartiéndolos en su gran mayoría, chocan claramente con el análisis que se supone debe desprenderse de un responsable público cuya formación política lleva trincando poder en esta tierra casi desde que existe el Estado de las Autonomías, con un Parlamento que redacta leyes y multitud de cabezas pensantes que, como Wladimiro, cobran una pasta para proponer las modificaciones que sean necesarias a fin de mejorar las cosas. Y es que no se puede ni estar en misa al tiempo que repicando, ni mucho menos, como hace habitualmente Wladimiro, predicar una cosa cuando las decisiones políticas, del gobierno al que él representa, van justamente en la línea contraria.
Concretamente, y en el caso de Tenerife y la agricultura, el Cabildo ha fomentado en estos últimos años una especie de 'reconversión agraria' que consiste esencialmente en convertir a la isla en una especie de 'Falcon Crest' gigantesco, donde no ha quedado cacique, especulador o gran constructor, que no haya aplanado suelo rústico a base de palas mecánicas para sembrar hectáreas y hectáreas de viña con un doble objetivo. En primer lugar, cómo no, mamarse las subvenciones que supuestamente deberían favorecer a los que pretenden vivir de la agricultura. En segundo lugar, y teniendo en cuenta que el cultivo sólo están obligados a mantenerlo durante diez años, para situarse en unas condiciones cojonudas para optar a futuras recalificaciones que, en algunos casos, ya incluyen -dentro de las previsiones de alguno de estos aprovechados- la construcción de campos de golf y urbanizaciones en un futuro.
Este fomento de la viña -sin limitación alguna al igual que ocurrió en los siglos XVI y XVII pero con sus particulares matices- está consiguiendo, al mismo tiempo, otros efectos demoledores a parte de la desaparición del paisaje que, en el caso de municipios como Arico, está siendo literalmente 'aplanado'. Por un lado el hecho de que constructores, especuladores y demás se hayan puesto a producir uva masivamente da lugar no sólo a que ya exista un excedente importante sino que, como consecuencia de ello, los precios caigan por los suelos hasta el punto de que a muchos agricultores pequeños hay buitres que este año les están ofreciendo 30 céntimos por el kilo de uvas, con lo que no se paga ni el trabajo de la poda. Aunque todavía no es nada, porque gran parte de esas grandes fincas son recientes y la viña necesita unos años para alcanzar su óptimo de producción. Claro que los especuladores no viven de eso, ni les supone complemento alguno a la renta familiar que tienen garantizada en otras actividades. Y en el fondo ni les interesaría si no fuera por mamarse las subvenciones.
Y es que de aquí a diez años, que hasta cuando están 'obligados' a mantenerse estos cultivos subvencionados, lo que quede de agricultura en Tenerife, al ritmo actual con anillos insulares, vías exteriores, macrociudades como la de Cabo Blanco y demás, no será ya algo testimonial -que ya lo es- sino que se reducirá a un vestigio del pasado representada en algún patio de museo.
Por eso cuando Wladimiro se pone a contarnos historietas sobre la agricultura, cuando él tiene conocimientos para desentrañar la raíz misma del problema, nos da la impresión de que ha decidido definitivamente someternos a una tomadura de pelo constante desde las dos o tres columnas que amablemente le regala José Rodríguez en 'El Día'. Pero si encima se pone a hablar de cuartos de aperos, de las leyes y demás, cuando él tiene a todos los vecinos de Barlovento, su pueblo natal en La Palma, con la boca abierta todavía desde que comenzó a construirse un 'cuarto de aperos' que tiene bastante poco que envidiar a la mayoría de las viviendas del pueblo, resulta ya francamente chocante.
Los guardias de Medio Ambiente de La Palma, como es lógico, fueron y le pararon las obras, como a todo hijo de vecino y por la coña esa de que todos somos iguales ante la Ley, sobre la marcha. Wladimiro se plantó y, legalmente, le ganó la batalla al Cabildo de La Palma y terminó su obra que incluye sótanos, excavación de cuevas y demás. Todo legal. La duda es si todo el mundo hubiese salido bien parado en La Palma de una situación como ésta. Pero la respuesta no sólo no está en el viento sino que se la podemos ofrecer, modestamente, nosotros mismos a la vista de situaciones parecidas bien conocidas: Ni de coña.
La otra duda, menos específica, es cómo carajo Wladimiro tiene la desfachatez de hablar de 'que se controle y se persiga cualquier tipo de picaresca o fraude que permita hacer pasar por casas de agricultores o por cuartos de aperos segundas residencias para chuletadas o chalets de fin de semana'. Eso no sólo es incomprensible, para cualquier persona normal, sino que roza más bien el terreno de lo puramente escatológico (del griego skatós, 'hez'. O 'mierda', como decimos nosotros).
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