Partidos políticos / Unidad del Pueblo.- Una serie de fotografías [las fotografías a las que hace referencia este artículo se pueden ver en la edición de www.canarias-semanal.com], localizada en una colección particular, nos va a permitir un somero análisis sobre las relaciones entre la clerecía de la diócesis Canariense y los movimientos fascistas a principios de 1937, II Año de la Era Azul. La alianza del Trono y el Altar, pieza clave del nacional-catolicismo, se tradujo en complicidades mutuas, desde los orígenes, que vincularon a la Iglesia de las Canarias Orientales con los grupos liberticidas que dieron fin a la Segunda República. El clero diocesano arropó el levantamiento militar del 18 de julio de 1936, cooperó estrechamente con las autoridades del Nuevo Orden y se esforzó por dar fundamentación político-teológica a “La Cruzada de Liberación Nacional”. Los religiosos fueron corresponsables, por activa y por pasiva, de las atrocidades múltiples que cometieron por estas Islas las “brigadas del amanecer”, formadas por los asesinos de Falange y de otros núcleos rebeldes, perros guardianes de los oligarcas. Hasta el propio significado de la figura del obispo Pildain debe ser sometido a revisión, poniendo en primer plano sus identidades con la España facciosa. Las sotanas estuvieron, como casi siempre, al servicio de la reacción. En este caso, de una reacción criminal que segó la vida a centenares de canarios de izquierdas. La Cruz de Cristo, convertida en espada vengadora, se asoció con el yugo y las flechas.
Dos curas y un artista al servicio de Falange. Las Palmas de Gran Canaria, 1 de enero de 1937: la Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista celebra su primer gran acto de masas provincial, recibiendo con un despliegue de fuerzas al que llamaba “Año de la Victoria”. El objetivo era rendir “un himno de Imperio a España”, mostrándose “en vasallaje ante Dios”, con una “demostración del más recio sentido católico”. Ante la Cruz, “signo de redención y sacrificio”, los falangistas querían renovar su juramento de fidelidad a la Causa. Los jefes insulares del fascismo puro cursaron las órdenes de concentración a sus milicias grancanarias utilizando la radio, el teléfono y el correo. A los vecinos de las arterias por donde iba a discurrir la marcha, se les pidió que adornasen sus viviendas con banderas y colgaduras. A quienes disponían de aparatos de transmisión, además, les llegó la solicitud de ponerlos en los ventanales para que las alocuciones radiadas tuvieran mayor audiencia. Un amplio dispositivo de matriz oficial preparó la jornada y garantizó su éxito. La corporación municipal desvió el tránsito rodado para no entorpecer el recorrido de “las fuerzas azules”.
Los patrocinadores de la iniciativa anhelaron “teñir de azul las calles de la ciudad” y aturdir a otros segmentos facciosos, mediante la ostentación “de su aparato guerrero” y “de su organización disciplinada y de funcionamiento automático”. Según todos los indicios, lograron tales metas a plenitud. Autos y camiones concentraron a los camisas azules en su cuartel general, sito en el campo de tenis del Parque Doramas. Desde aquí, el desfile recorrió la urbe hasta la Plaza de Santa Ana en olor de multitud, desplegando un marcado estilo castrense: las secciones motorizadas abrían la columna, seguidas por las Centurias de Flechas con banda de cornetas y tambores, para ir a continuación las cúpulas falangistas al frente de las escuadras de la capital y los pueblos, cerrando el cortejo una brigada de la Cruz Roja. La centuria inicial marchaba con armamento reglamentario y un piquete de honor daba escolta a la bandera de Falange, donada por la señorita Charina Bello (hija del Jefe Provincial de Sanidad, Silvestre Bello), que había sido bendecida días antes en el templo catedralicio. Un enorme gentío se agolpó en las bocacalles, balcones y azoteas, brotando de todas partes “ovaciones y gritos patrióticos”. La emisora Inter-Radio Las Palmas, que retransmitió el evento, emitió continuamente música militar. Y equipos de altavoces hicieron oír los mensajes más allá del entorno inmediato.
El cuadrilátero de la Plaza de Santa Ana se había convertido en un “escenario nacional-sindicalista”, presentando esa “formidable estampa” que “sobrecogía con una sensación imponente” y que el lector puede apreciar en las fotos. Todos los caserones circundantes estaban engalanados y en los mástiles laterales lucían gallardetes “con los colores nacionales y de Gran Canaria”. Lo que más “aplastaba al espectador con el peso de lo grandioso”, no obstante, era el marco principal de la ceremonia. Un enorme banderón falangista cubría la parte central del frontis de las casas consistoriales, desde la acera hasta la cornisa, bajo el cual se instaló un “altar gigantesco” adornado con la enseña roja y gualda, presidido a su vez por una monumental Cruz de madera de seis metros, que flanqueaban otros tantos blandones o cirios monumentales. El artífice de aquella impresionante escenografía fue el “camarada” Néstor Martín Fernández de la Torre, quien “puso su arte al servicio de Falange” y plasmó “el sublime ideal” propio del “movimiento revolucionador”, hermanando la “severidad augusta” con la “sencillez de las líneas”. A la derecha del altar quedó la bandera roji-negra que debía entregarse oficialmente, custodiada por un piquete de escolta. Ninguna de las autoridades civiles o castrenses faltó a la cita y en su totalidad ocuparon la presidencia, junto a la plana mayor de los joseantonianos.
Los apoyos que el clero de la diócesis Canariense venía dando al fascismo local, a “las nutridas escuadras de los luceros”, llegaron a exhibirse plenamente durante aquel día en que hasta el cielo brilló de un intenso azul. La misa de campaña la ofició el chantre Juan Espino Juárez, auxiliado por dos acólitos: el alcalde accidental Antonio Limiñana López y el profesor de música Luis Prieto. En el instante de la consagración, la Banda Municipal ejecutó el Cara al Sol en medio del respetuoso silencio de la concurrencia, que derrochó “lágrimas de emoción contenida”. Al término del oficio religioso pronunció su arenga el Jefe Provincial falangista Luis Aulet Ezcurra y seguidamente se leyeron el Juramento de la Falange y la Oración de los Caídos de Rafael Sánchez Mazas. Por último tuvo lugar la parada, con marchas militares, ante los delegados de la autoridad competente, dispuestos ante la catedral. Otra vez se prodigaron los saludos brazo en alto, las ovaciones y los “gritos patrióticos de rigor”. El reportaje radiofónico de Inter-Radio Las Palmas lo cubrió con su habitual competencia el locutor Adolfo Luján (Najul), Jefe Provincial de Prensa de Falange. El regreso de las centurias a su punto de partida concitó renovadas aclamaciones y entusiasmos.
La movilización de los falangistas grancanarios, como habían previsto sus edecanes, causó una profunda sensación sobre los demás sectores de la derecha que arroparon por aquí el levantamiento contra la legalidad republicana. Aquel alarde de método y disciplina supuso, desde luego, un vivo exponente de la superioridad alcanzada por los camisas azules entre los devotos de la “España Una, Grande y Libre”. El número de “militantes uniformados” que intervino en la celebración fue altísimo, a pesar de las cifras dispares consignadas por la prensa: los diarios Falange y el cedista Acción hablaron de 2.000 participantes, reducidos a “más de 1.500” por el mesista Hoy y hasta “aproximadamente unos 900” por Diario de Las Palmas, el histórico portavoz de los liberales de León y Castillo. Una cantidad, de todas formas, muy estimable apenas al semestre de iniciarse la guerra civil, momento en el que los seguidores de José Antonio Primo de Rivera representaban muy poco en el seno de las agrupaciones derechistas. Un personaje otrora ligado a la política monárquica profirió “la frase definitiva”. Estremecido “por semejante manifestación de fuerza formidable, de poderío y de organización”, exclamó incrédulo: “¡Es una cosa terrible!” La redacción del órgano falangista no pudo menos que congratularse por el adjetivo: Falange demostró efectivamente que “era algo terrible”, algo del todo inédito en las prácticas comunes de los ultras. Nunca la militarización y el dinamismo de sus mesnadas habían llegado tan lejos.
El impacto que provocó la jornada “azul” del 1 de enero de 1937 en la población tuvo su corolario el día 6, durante “la fiesta de Reyes de la infancia falangista”. Más de 1.500 Flechas de diez municipios grancanarios repitieron la lección de sus mayores bajo la guía de su Jefe Provincial, Juan del Río Ayala, depurador pirómano de la Biblioteca del Museo Canario en compañía del canónigo Deogracias Rodríguez Pérez. Los “hombres del mañana azul” desfilaron también por las calles de la ciudad a objeto de bendecir su bandera, costeada ahora por ellos. La Plaza de Santa Ana tornó a presentar “la misma sobria e impresionante decoración” que montó el artista Néstor, católico de pura cepa, para mayor gloria del falangismo. Un piquete infantil, armado con rifles, hizo la guardia de honor ante el altar en el transcurso de la misa, oficiada por el beneficiado Vicente Guerra. Las Bandas de Los Salesianos y la Municipal interpretaron el Himno de Falange y el propio sacerdote, revestido de roquete y estola, santificó el gallardete de “esta niñez que crece bajo la sombra del yugo y las cinco flechas”. Un notable falangista, “comentando lo granado de la concentración y el espíritu de los concentrados, dijo certeramente que allí estaban los hombres que un día conquistarán nuestra Abisinia”. Entre los jerifaltes sobresalió precisamente el cónsul italiano Ruggiero Martinis Marchi, quien vistiendo uniforme del Fascio “honró con su presencia esta fiesta de nuestra infancia azul”. El desfile dejó constancia del perfecto adiestramiento marcial de cuantos emulaban a los Balillas de Mussolini, “pequeños soldaditos de la Patria” que debían realizar en el futuro “nuestros imperiales destinos” [...]
Agustín Millares Cantero
Si se desea consultar y ampliar la información en su fuente original el texto completo del artículo se encuentra disponible haciendo clic aquí.
